Patrones

Soy hijo de un padre migrante. Crecí con la figura de un padre ausente.

Desde que tengo memoria, en mi familia siempre estuvo presente la idea de “irse”, aunque fuera solo por un tiempo. Era lo normal, lo que se acostumbraba, lo que la vida ofrecía: vivir entre dos mundos, dos realidades. Desde niño sentía que no debería ser así, aunque todos lo dieran por hecho. Siempre creí que un padre debía estar presente, acompañar la vida familiar, ver crecer a sus hijos y dejarse ver por ellos mientras crecen.

Cuando era niño, mi cabeza no alcanzaba para razonar, solo para juzgar. Me preguntaba: ¿por qué tienes que irte?, ¿por qué nos dejas? Un niño no entiende de necesidades económicas, ni de problemas sociales o flujos migratorios. Solo siente el vacío que deja una figura paterna ausente. A eso se suma el silencio de los adultos, su falta de explicaciones, como si los hijos no merecieran entender. Nunca hubo una despedida, solo una ausencia repentina. Así pasaron los primeros años. Ya de adolescente, cuando podía comprender más, el daño ya estaba hecho. Aunque llegaran las explicaciones, ya no las quería. Donde antes hubo añoranza, había resentimiento.

Fueron años de guardar ese sentimiento, de no enfrentarlo. Hasta que la vida, con su manera discreta pero firme, te coloca en el mismo lugar que criticabas. Entonces comienzas a entender a tu padre: un hombre con errores, como cualquiera, que hizo lo mejor que pudo con las herramientas que tenía. Quizá también sufrió la distancia, quizá también sintió el mismo vacío. No lo sé. Nunca se lo he preguntado. Hoy la edad y la enfermedad dificultan la comunicación… y también la distancia.

Ahora soy yo quien se fue.
Soy yo quien parte por trabajo.
Soy yo quien no da explicaciones, aunque ya no haya a quién darlas.
El patrón se repite. La migración continúa.

No soy un padre ausente.
Soy un hijo ausente.