La figura de mi padre

Mi mente guarda de la figura de mi padre muchas imágenes y emociones. Podría decirse de él que era un alcohólico violento, que ejercía violencia doméstica, un hombre en cuyos ojos rojos ebrios salía el humo del desprecio a la vida. Pero también era un personaje triste, al tambalearse se le veían las costuras, las heridas de la infancia, de los golpes y la vida que le dio su también alcohólico padre, mi abuelo. Mi padre. Un personaje triste que fue abandonado por su esposa e hijos, que buscaron otros caminos que no el de la violencia. Y solo en ese lugar de abandono y ante la imposibilidad de dañar a otro, se daña a sí mismo, y solo en este lugar yo veo en sus ojos una plegaria a la vida, a un hombre, a un ser humano cuyas experiencias no le dieron la capacidad de criar a sus hijos ni de amar a su esposa, ni a sus amigos. La vida no le mostró ese camino, porque la vida no está hecha para lo que uno quiere, sino para lo que alcanza a formarse a fuerza de prueba y error. Entonces mi padre es un ser herido por sus circunstancias. Lo quiera o no, vive en mí, vive en mí el mismo humo de la violencia, pero también su llanto que, aún ahora, nunca sale a modo de lágrimas, sino de música. Me dejó la nueva trova, me enseñó que hay voces que solo nacen una vez para cambiar la perspectiva del mundo, como la de Dolores Pradera, Amparo Ochoa y Mercedes Sosa. Por mi padre escribo y por mi padre conocí el odio. Por mi padre amo y por mi padre no tolero ni un ápice de machismo; supe qué era la misoginia en cada palabra y en cada golpe que lo vi atestar. Pero ahora mi padre es un ser cansado de ser quien es, y yo entiendo lo que es eso. Ahora abrazo su dolor, que es un dolor primigenio, un dolor viejo, casi siniestro.