Querido padre:
Por fin escribo estas líneas. No fue fácil, sabes. Ha sido un proceso muy largo de autodescubrimiento, de sanación profunda: de entenderme, perdonarte y perdonarme a mí mismo.
Me gustaría darte un abrazo hondo. Quiero decirte que te quiero mucho y que aún extraño tu presencia.
El verdadero punto de inflexión llegó cuando me convertí en padre. Fue entonces cuando pude comprenderte más, cuando comencé a reflexionar con honestidad sobre nuestro distanciamiento, sobre el porqué de no llevarnos bien desde mi juventud hasta tus últimos días.
Entendí que no tengo derecho a juzgarte, y esa es la conclusión liberadora a la que llegué. No puedo cuestionar tu camino ni la educación que te moldeó para convertirte en el hombre y el padre que fuiste: un hombre distanciado, poco comunicativo, parco en el hablar. Un hombre a quien la carga de su propia vida, sus experiencias y sus acciones, mantenía enojado.
Tu infancia, tus decisiones de juventud, tus acciones como adulto, todo fue el resultado de lo que fuiste. Y si bien eso no lo puedo cambiar, ni mucho menos juzgar, sí puedo y debo comprenderlo.
Y así es la mente, dócil y protectora, que me permitió quedarme solo con mis mejores recuerdos al momento de tu partida: aquellos días de pesca en el río; las excursiones por tu amplio rancho donde nos deteníamos a probar frutas exóticas; los relatos de mitos de espanto y de la Llorona; los cánticos de niño, acunado en tus piernas.
Comprenderte, aceptar todo lo que viví contigo, y —sobre todo— aceptar la realidad que me tocó vivir, me está permitiendo ser un mejor padre para mis propias hijas.
Te amo. Gracias por ser mi padre.
