Solamente después de que murió mi madre me di cuenta de qué tan frágil estaba mi padre. Él la cuidó en sus últimos años, ya que ella padecía una enfermedad que le había arrebatado su autonomía. Mi padre la alimentaba, la ayudaba a ir de un lado a otro y le hablaba, aunque ella ya no podía responder. Su vida estaba dedicada a cuidarla. Hasta que una mañana ella ya no despertó. Fue en ese momento cuando mi padre pasó de ser cuidador a necesitar cuidados. Y fue a partir de esa triste mañana que empezó mi constante preocupación por el bienestar de mi padre quien, después de años de dedicación, había quedado agotado. Es así como los cuidados se van heredando, y cómo la muerte es el juez que hace que la estafeta cambie de manos.
