¿Ya vamos a jugar futbol? El tiempo que quieras. ¿Me llevas por un helado? Todos los que quieras. Recuerdo la facilidad con la que aceptabas, la promesa incondicional en tu voz. Cada mañana despertaba para ir a buscarte, darte un abrazo y empezar a jugar contigo, y ahí siempre estabas, con el olor a hospital aún impregnado en la ropa y los ojos gastados por otra guardia. El cansancio era visible, pero nunca fue una excusa.
Siempre que te pienso, inmediatamente se me vienen a la cabeza todos tus chistes (que, seamos honestos, a veces no daban risa, pero era tu manera de llenar el espacio, tu mejor esfuerzo verbal), anécdotas (que ya me habías contado alguna que otra vez) y refranes (que me hubiera encantado haberlos escuchado de mi abuela, y así tal vez entender de dónde venía ese muro de silencio que un día pusiste entre ella y yo).
Hoy entiendo que el afecto te cuesta. Es tu herencia. A veces no te salen las palabras, ni a mí tampoco, pero ambos sentimos lo mismo. Solamente en ocasiones muy específicas las hemos dicho, por eso se hacen aún más valiosas. Recuerdo una vez que te dije “Te amo” y no me respondiste con palabras, sino con hechos. Tú me diste la mejor escuela, los mejores lugares, el mejor sustento. Si las palabras fallan, ahí estaba tu provisión. Fuiste el mejor proveedor que un hijo podía tener, y esa ha sido tu manera de decir “te amo”.
Tu figura es resolutiva, mi mundo deja de arder en llamas cuando recuerda que estás tú para apoyarme. Tu presencia es tranquilidad, mi cabeza deja de preocuparse cuando te ve llegar. Y tu amor es único porque entendí que no se dice, se hace. Mi corazón deja de estar roto cuando ve que haces todo por mí.
Me heredaste mucho más que solo silencio, aunque sí hay bastante. En mi utopía no hubiera existido ni un poco de él, pero nadie sabe si esa sería la solución.
