Un archipiélago

La tarea de escribir una narrativa sobre mi padre o la paternidad es más difícil para mí de lo que yo pensaba. No se me malinterprete: tengo el don de escribir textos más o menos largos sobre casi cualquier cosa que no me interesa demasiado. No es un problema del temor a la página en blanco, es un temor de no encontrar nada más que palabras sueltas, carentes de sustancia e identidad en las sensaciones que quiero compartir. El problema, y de eso me he dado cuenta ahora, después de darle tantas vueltas, con ayuda de muchas personas (profesionales y no profesionales sobre la conducta y las motivaciones de la psique humana), es que he tratado de afianzar mi identidad en el misterio que él me representa.

Nací con la mente revuelta, en un mar de confusión, de ausencias presentes y de presencias ausentes. Me doy cuenta de que en ese diminuto océano se construyó una suerte de archipiélago conformado por mis recuerdos, sus contradicciones, los vacíos y las distancias que han acompañado nuestra relación, que por alguna extraña gravedad que no comprendo del todo bien, sigue vigente.

La música de mi padre

La música ha sido lo que más me ha unido a mi padre. Y tal vez no sea coincidencia que se trate de un lenguaje que, mayoritariamente, no implica una interacción constante y focalizada entre nosotros. Un sonido de fondo que no era de fondo, era la forma y el fondo. Entre el cambio de niño a adolescente generé un ligero repudio a lo que escuchaba, pero el problema era que yo no tenía en dónde cobijarme. Su música era el refugio universal. Música de resistencias, de revoluciones, de cambios. Cómo escapar de eso, era una pelea perdida. No tuve acceso a mucha de la música que los niños de mi edad escuchaban, eso ya lo hice más grande, pero supongo que en el mismo espíritu en el que él lo hacía.

Un día tomé sus discos sin pedir permiso y me puse a escuchar a los Beatles y entendí al fin una parte crucial del mundo. Un día le pedí que me recomendara un disco para aprender sobre jazz y me puso el disco más incomprensible de todos, después entendí que ese era el punto; existen tonos en lo atonal, se encuentra un ritmo en la arritmia, hay espiritualidad en su misterio. En esos años uno metía los discos a la computadora para obtener los .mp3 y guardarlos en la computadora y luego en los reproductores chiquitos que estaban tan de moda. Agarré muchos de sus discos y los hice parte de mi colección. Es algo que sigo haciendo hasta el día de hoy. Desde hace un par de años ahora yo registro sus discos en un servicio de streaming para que pueda escucharlos sin necesidad de ponerlos en sus aparatos. Extraño los aparatos, estoy seguro de que él también, pero no hace mucho al respecto.